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El Pichi Leufu

Un río para divertirse con equipos livianos.
No encontrará el mejor trofeo pero si muchas truchas para entretenerse en un paisaje inolvidable.
 

Por: Enrique Gómez


Cuando viajamos desde La Angostura a Bariloche las retamas amarillas parecen atropellarnos con su color amarillo intenso.

Ese insulto a la opacidad es una constante que pasa rauda por las ventanillas de la camioneta. Es tanta su intensidad continua que se hace casi invisible.

Es una ráfaga amarilla que compite con la velocidad en la que viajamos, y toda la sorpresa que significa el descubrirla se pierde por la celeridad de la marcha, la intensidad del color y su cantidad ilimitada.

Los lupinos, aun incipientes, retenidos por la potencia de este invierno, todavía no alcanzan su esplendor violeta, rosa o blanco, y por lo menos hasta ahora, no significan en nuestra mirada. Sus colores pasteles apenas alteran la bellísima monotonía amarilla.

La fronda oscura del bosque nativo contrasta con el verde brillante de las coníferas exóticas que invaden la franja posterior de las retamas. La mirada va rebotando ante la continuidad del color radiante de la flor con el bosque o la roca acantilada en la rauda carrera que impone el viaje en automóvil. Velocidad que sobrepasa nuestras sensaciones humanas, y sin ocultarnos la belleza que nos rodea, la transforma y modifica.

La escala que nos contiene es la de nuestro paso, la que permite disfrutar de la quietud del árbol, de la hermosura global de la planta, del cambio que provoca el movimiento del viento en las flores, de los contrastes del suelo multiplicado por sombras y colores opacos que lo pintan, la frescura de la sombra, la tibieza alterada del sol por las ramas que, en movimientos intermitentes, no le permiten alcanzarnos y las múltiples sensaciones que deja la naturaleza cuando somos como ella y no intentamos superarla.

Ese trayecto, precioso para todos, se multiplica con la visión del lago Nahuel Huapi en toda su magnitud. El color es el de ese lago.

Es azul, es celeste, es verde, es negro por la sombra proyectada de los cerros, es único y cambiante por las de luz que se producen en el día o por el clima. Un día brillante de sol lo muestra claro como el cielo y cuando las nubes borrascosas, que tapan la cima de los cerros dominan, es azul intenso.

Al atardecer las sombras extendidas lo oscurecen y a veces el viento lo matiza con pequeñas olas blancas.

El color del Nahuel Huapi tiene un solo color: el de la entidad total que significan los encuentros de todos los factores que lo componen y solo es visible al mirarlo, al detenerse y sentirlo.

La pesca con mosca tiene eso, hay momentos en que somos parte de ese todo y nos descubrimos vivos con lo que nos rodea. Por eso la amamos, por que sus elementos, a pesar que nos exigen no nos quitan la dimensión humana con el cosmos al que nos lleva.
 

Un camino diferente

Cuando marchamos hacia el Pichi Leufu desde Bariloche debemos cruzar la desembocadura del Limay y buscar el desvío hacia Pilcaniyeu, el nombre indio de un arroyo que se hermana con el Río u Arroyo Pichi Leufu.

Ni bien nos desviamos el camino de ripio, opaco y monótono, nos introduce en la estepa patagónica. Estepa que contrasta brutalmente con el abuso de color de la precordillera andina. Apenas algún sauce colorado nos indica una vivienda en algún pequeño valle con humedad contenida.

Pequeñas lagunas o arroyos exiguos dan algún toque verde al camino que va pasando por lomas alternadas y secas hasta nuestro destino. La distancia desde Bariloche no supera los 80 Km y, si como nosotros viene de Villa La Angostura, la distancia aumenta a más o menos a 120 o 130 km. Se puede desandar en auto la parte de ripio hasta el río.

Aparece de golpe a lo lejos al imponernos a una loma. Desde allí sale un camino, casi una huella, a la derecha que nos desembocará en el río Pichi Leufu. Hay, para alcanzarlo, una loma pronunciada que a un auto se le hará difícil subir si se le ocurre bajarla.

Nosotros seguimos derecho, a pedido de Adrián Reborati y Abel Trípoli para saludar al dueño de las tierras y consultarlo donde podríamos hacernos el asado sin peligro.

Vive en una casa, rodeada de algunos árboles que la señala con un galpón de tareas y guarda pegado a ella. Nani Fernandez. Un hombre joven, como de 40 años, delgado, entrecano y de ojos claros, nos recibió trabajando en la confección de pasillos de separación para caprinos y lanares, ganados por excelencia en la zona.

Porqué ¿Por qué?

No les gustamos los pescadores.
Nos dice claro que, si económicamente pudiera cerrar el campo, no los dejaría pasar.

Son irrespetuosos y dañinos. Dice. Y no habla en defensa de las truchas porque no le interesan. Atraviesan alambradas y las rompen sin levantarlas. Como en la estepa no hay leña, sacan las varillas de madera de los alambrados para conseguirla. De los pocos sauces que tiene el campo algunos están, destinados a desparecer, quemados por prender fuego en su base.

Tratamos de disminuir esa opinión y como al pasar le decimos que el Río es propiedad común, y que aunque pase por su campo siempre tendrá que lidiar con personas que quieran acercarse al río.

Asegura que el Pichi Leufu es un arroyo y por esa condición, de no navegable, el podría cerrarlo cuando quisiera. No seguimos el tema, no daba para combatir la amargura ni la opinión formada desde la realidad de la mala educación, el abuso, la desidia y el descuido de algunos.

Ojala las próximas generaciones de pescadores ayuden a cambiar el pésimo encasillamiento en que hoy nos considera este señor.

Sus tierras están entre el puente de ferrocarril y el otro puente carretero que lo cruza. Si va pescar porque esta nota lo motiva, acérquese, charle con el, el permiso ya lo tiene pero igual pídalo y refuércele la confianza prometiendo cuidado y protección al campo y al río. Por el, por Ud. y por todos los que quieran pescar en este río.

En el río

El paisaje es duro como todo en la estepa. Cerros opacos con piedras sobresalientes rodean al paso del río.

El caudal de noviembre y diciembre permite pescarlo, pero por lo bajo de sus pozones y lo extendido de su lecho, indica que en el verano eso apenas será posible. Piedras bochas son el suelo por el que pasa y el que lo rodea.

Cortaderas y junquillos, prolongan sus orillas. Son las únicas plantas que sobreviven en esos campos y se extienden a nuestra mirada perdiéndose en la falda de los montes.

Por supuesto no faltan sauces que se aprovechan de la pureza del agua vital y van indicando su sendero. Justamente donde ellos marcan su presencia intuimos pozones breves y truchas.

Abel, se marcha con Julio bajando la marcha del agua y por el contrario Adrián y yo subimos la corriente. Haremos el paso principal y un brazo que forma una pequeña isla donde al final nos encontraremos para almorzar.

Los equipos: livianos. Julio, Abel y Adrián caña para línea tres y yo una para línea cuatro. Todas estaban bien elegidas para la pesca que íbamos a encontrar. Línea de flote con ninfa o secas fue lo que todos usamos en distintos momentos del día.

Truchas de veinte centímetros sacábamos todos en cantidad, las de treinta eran menos pero igual eran muchas y algunas mas grandes eran la sorpresa.

A mi me tocó lograr la mas grande en un pique maravilloso.

No tengo vista como para verlas debajo del agua, pero Adrián parecía no tener problemas y a medida que caminábamos me marcaba las truchas mas grandes para tentarlas. Algunas llegue a verlas pero, la mayoría de las que me ubicaba con detalle y precisión milimétrica, eran solo sombras para mi.

En este caso, pasaba mi seca, un “Avispator” de color negro y natural, algo parecido a una tarántula, por la senda rápida del agua golpeando en una piedra que emergía en el medio del pozo.

Hay una grande. Te va a tomar.- Dijo Adrián. Disfrutando del descubrimiento como un chico que encuentra dinero en el suelo.

Por ese aviso tuve la suerte de verla subir y tomar mi mosca con cierta displicencia hasta que sintió el anzuelo. Calculo que pasaba el kilo, y con la estirpe y el honor de las marrones, dio la lucha que se esperaba de ella.

Buscó el pozón y desapareció de la vista luego poco a poco la vimos defenderse hasta que pude concretar la captura.

Fue fácil extraerle el anzuelo y la pelea no fue tanta como para que la dañara. Fue lo mejor de la mañana.

Luego, debajo de un sauce donde el ancho del veril no excedía mas de dos metros, Adrián marcó otra igual pero cuando pasó su mosca había una algo mas chica que evitó cobrar la mejor de las dos.

Adrián era una máquina de sacar truchas, parecía saber exactamente donde estaban, y hasta que llegamos al final de nuestro recorrido, me sorprendió con su vista y eficiencia

El almuerzo.

Nos habían marcado una zona ideal para poder hacer el asado sin temor a que esas pequeñas matas pudieran prenderse fuego. Una roca acantilada y una cañada de piedras daban, para poder disfrutar sin viento, con sombra y sobre todo sin peligro de hacer daño, el lugar justo para hacerlo.

Siempre hay que asar con carbón. Es el material que al prender ofrece menos riesgo de chispas peligrosas. Mientras Adrián se marchó con su caña a patrullar esa parte del río, Abel preparaba el fuego y Julio juntaba desperdicios de otros en una bolsa para disminuir en algo la opinión de Nani Fernández.

Yo, que había visto debajo de la roca movimientos en el agua, sin moverme del lugar, saque dos truchas más.

Envases de gaseosa, latas de cerveza, botellas de vidrio, bolsas de nylon y un par de medias agujereadas fueron la basura que encontramos rodeando el fogón donde hicimos el asado.. Cada elemento era una muestra de la falta de respeto que algunos tienen con el paisaje y para con los otros.

Es reiterativo el tema pero no podemos dejar de recordar que, vayamos donde vayamos a pescar, llevemos del lugar, por lo menos, nuestra basura. Cada vez son más los sitios invadidos de materiales no degradables que permanecen por nuestro descuido o desidia.
 

Al encuentro del Pilcaniyeu

Terminamos de almorzar y Abel y Adrián nos llevaron al encuentro del Pichileufu con el arroyo Pilcaniyeu. Ello solo era posible desandando todo el camino realizado por la camioneta o vadear con ella, brazos del río, acortando camino.

La Patrol tenía la capacidad de hacerlo y Julio la voluntad, por lo que, guiados por los muchachos, hicimos un par de cruces bastante audaces. Sobre todo el segundo que pudo con la recta de la camioneta y obligó a exigirla para arribar al lugar elegido.

Esas aventuras son lindas de enfrentar pero hay que tener absoluta seguridad en lo que se hace. Una equivocación puede amargarnos todo la felicidad por la que fuimos.

Esta vez Julio y Abel fueron río arriba y Adrián me llevó a un brazo que se llena cuando el río crece y detiene sus aguas, formando un corral de peces, cuando baja.

Algas prietas y pegajosas dejaban claros de aguas oscuras adonde arrojar nuestras moscas. El largo piletón no dejaba lugar a una pesca cómoda. Me decidí por una Hare Hear en anzuelo 14, no me equivoque. Logre varias truchas, algunas de buen tamaño.
 

Julio luego me diría que obtuvo buenos resultados también usando Ida May y Prince.

Luego quise pescar de flote y coloqué un mosca naranja con patas de gomas que algunas vez por su origen, nombramos “ Lucki stimulator” y también me divertí con varias capturas. La pesca estaba ideal. Porque con cada pique los saltos alteraban totalmente el silencio y la quietud.

El espectáculo se repetía. Sublimes visiones y sensaciones que perdurarán en nosotros son la causal íntima que nos hace mantener siempre el deseo de volver a sentirlas.


Ya la tarde se iba. El viento comenzaba su fría agresión y las sombras de piedras sobresalientes de los montes que nos rodeaban, se estiraban agrandando las figuras amenazantes que se ennegrecían.

El sol perdía su fuerza y las nubes esparcidas disminuían su color blanco para tornarse más grises y rosas Terminamos pescando todos sobre el arroyo con secas que tanto resultados nos habían dado durante todo el día.

Ya el cansancio, especialmente el de Julio y mío, triunfaba sobre cualquier deseo que pudiéramos tener de capturar alguna trucha mas.

A pesar que era la hora esperada. Ese momento en que la quietud aumenta, el silencio parece tocarnos, la luz decrece lenta, el río aumenta su arrullo y los montes con sus deformaciones observan vigilantes la llegada de la noche, pedimos irnos.
 

Conclusión

El Pichi Leufu es un río generoso y accesible a principio de temporada.

Hay que caminarlo descubriendo sus secretos y probando todos los lugares que parecen posibles de albergar a alguna trucha. Casi seguro que alguna habrá.

Esta repleto de truchas arco iris y marrones, la mayoría pequeñas, pero en la cantidad surgen piezas sumamente respetables para el caudal del Río.

Nosotros pescamos con ninfas (Ida May, Prince, Hare´s Ear) y secas mas bien grandes (hoppers, stimulators, etc.) atadas en anzuelos 8 o 10. Estas últimas nos dieron las truchas más grandes.

Pescamos de esta manera por que nos divierte, pero pienso que con streamers chicos en los pozos en que es posible usarlos, se puede lograr mayor eficacia en los resultados.

El equipo cuanto más liviano mejor. Hasta línea cuatro es lo ideal, lo demás lo sentirían exagerado por el tamaño generalizado de las capturas.

No hay que preocuparse por el lanzamiento aunque si por ubicar la mosca, y sobre todo caminar el río cuidadosa y largamente.

Nuestros amigos, guías profesionales de la zona, no dejaron de serlo y seguramente que solos no hubiéramos sido tan precisos con los lugares de pesca a los que ellos nos llevaron y quizás hubiésemos elegido moscas menos eficientes que las que usamos.

Es un río para acercarse y dejarse acariciar por su benevolente voluntad para con nosotros: los pescadores poco exigentes con los trofeos.


Saludos
Enrique Gómez

Servicios
Adrian Reboratti y Abel Trípoli
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