Estancia “La Brava”
Esquina - Corrientes
Buena atención y mejor pesca.

Por: Enrique Gómez y Julio Rossotti


Versión Español

Version Inglés

Versión Portugués

 

Una estancia instalada en una Isla sobre el Arroyo Aguará. Atención superlativa en el casco y en el agua. Tres embarcaciones Grandjean de siete metros con motores modernos, con un guía sin dudas y que piensa en el pescador. La obligación de elegir los lugares respetando la modalidad de pesca de sus clientes, sin retaceos de tiempo y combustible para llegar al objetivo. Cardúmenes de mojarras en todo el delta y doradillos ruidosos depredando casi en la superficie. Un espectáculo, que no por repetido, deja de ser maravilloso. Mucho frío. Algo desacostumbrado en la zona pero igualmente la salida fue una bacanal de pesca y placer compartido con la naturaleza.

Mojarras en movimiento
Durante los meses de junio, julio o agosto es seguro que habrá por causas desconocidas por nosotros, una migración de mojarras que altera a sus depredadores y permite localizar según el movimiento de sus cardúmenes, estratégicos lugares de caza para los doradillos que se hartan de perseguirlos y atropellarlos.
Es indudable que los días soleados y sin viento, ante esta invasión de forrajeros, son los mejores para pescar dorados, pero no fue ese el tiempo que nos tocó. Fueron jornadas grises y frías, que por la abundancia de doradillos, apenas influyeron en el resultado. El lugar en el que desarrollamos la pesca fue dentro de un intrincado mapa de ríos y arroyos que limita al norte con el Arroyo El Toro, al Este, el arroyo Aguará, al Oeste el Río Paraná dejando al Sur la ciudad de Esquina.
En esa zona esta la Estancia La Brava. Una Isla gigantesca en ese variado delta caprichoso y laberíntico. En ese cuadro del mapa es donde nos alojamos y recorrimos pescando lugares cuyos nombres no me preocuparé en mencionar porque sirven para los guías o como referencia a conocidos navegadores del río. Para nosotros solo son puntos para detener el recuerdo.


El GPS de un guía
Hay nombres en guaraní que marcan una playa, una curva, una laguna u otros apelativos sacados de sucesos que alguna vez marcaron el lugar para un grupo de baqueanos, y que hoy siguen vigentes como indicadores de ruta o sitios ideales para pescar. Son ítems de un GPS instalado en la memoria de los guías que marcan el rumbo directo a los lugares que desean llegar. Son su patrimonio intelectual, por lo que les pagan los cabañeros o les pagamos los pescadores. Son lo que los distingue y el motivo de mayor o menor éxito en su trabajo. Ese conocimiento es el elemento diferenciador de cada uno respecto al de los otros, y no son muchos los que puedan sostener con firmeza esa seguridad de navegantes y pescadores, sin importar la altura en que se encuentre el río.
Nuestro guía fue, como todo en La Brava, eficiente y atento. Horacio, un muchacho de ojos grises y sonrisa fácil trasmitía seguridad en cada movimiento. Navegábamos por aguas chatas de lechos amenazantes con la tranquilidad con la que avanza un tren por sus vías. Pequeñas matas cercanas a los senderos de marcha nos señalaban que un error significaba encallar, sin embargo la regularidad del motor y su firmeza en cada curva nos trasmitía que eso no podría pasar.

Equipos varios
Atilio, uno de los anfitriones de la Estancia, nos pasó a buscar por el Puerto de Esquina y luego de unos veinticinco minutos de lancha bajábamos nuestros bultos en la Estancia. Julio y yo somos pescadores con mosca, pero esta nota debía mostrar la eficiencia de todas las modalidades para que todos los pescadores se sientan incluidos en ella. Teníamos preparadas cañas de spinning, bait cast y por supuesto las de mosca, además de una batería de señuelos y la cantidad ilógica y exagerada de moscas que llevan los que pescamos poco y atamos mucho. El balde con morenas medianas completaba el arsenal.
La embarcación con la que nos trasladamos fue un Grandjean de 7,20 m con cabina, impulsada por un motor Yamaha de cuatro tiempos de 120 Hp. Esa lancha fue la que usamos, pero las otras dos que ponen a disposición, no van en zaga en cuanto a potencia y modernidad.

Modalidades y resultados
Salimos rumbo al Toro, un arroyo al cual hace algunos años no hacía falta llegar porque la pesca estaba a las puertas de la ciudad. Hoy es un destino normal entre los guías que quieren satisfacer a sus clientes sin importarles el gasto de combustible. La primera parada mostraba un encuentro de aguas que sinceraban en su velocidad un veril diferenciado. Antes de que Julio y yo termináramos de armar nuestras cañas, Atilio había logrado no menos de tres doradillos. Los playados laterales mostraban la actividad de los cazadores revoleando mojarras como diamantes al aire. Mientras ellos seguían mostrándonos con sus capturas las bondades de la pesca en estos momentos del río, desde la playa nosotros comenzamos con las cañas de mosca.
No fue fácil, a pesar que con carnada los dorados picaban sin pausa, con señuelo o con mosca todo se hacía más difícil. Julio logró un doradillo y yo, me lamentaba de la rotura de una caña y de la pérdida de no menos de cinco piques frustrados. Donde el guía paró la embarcación, la pesca fue increíblemente abundante con carnada, nada para presumir con señuelos y pobre con las moscas. Almorzamos en la isla, con todo el encanto que esto encierra y por la tarde nada cambió.

Un premio consuelo
En uno de los bancos de arena donde la embarcación nos dejó para que pudiéramos castear sin inconvenientes tuve un pique que me alegró por un ratito el día. El tamaño de la pieza hubiese logrado mi más ambiciosa aspiración dado los dorados que se lograban. Pero luego de dos saltos escupió la mosca dejándome con cara de pescador sorprendido y el desaliento común que deja un dorado que nos ganó la batalla.
El consuelo vino enseguida. Una raya perdida se cruzó con mi mosca y por un momento aminoró mi desazón y me dio una anécdota para los amigos.

Un buen final
Ya de vuelta, anclamos ante una corredera vertiginosa y angosta donde el pique tuvo su mayor intensidad. Un pique tras otro aunque no tuvimos la suerte de clavar ninguno con nuestras moscas. El silencio se alteraba con las mojarras nadando hasta en el aire con los doraditos atacándolas. Las carnadas duraban en el agua el tiempo en que se apoyaban, luego un furibundo pique obligaba a clavar rápidamente. Con una mojarra de Alfer, Atilio disfrutaba de sus capturas en spinning. Nosotros, ansiosos, tratábamos de calmarnos y nos concentrábamos para que nuestras moscas llegaran al límite imaginario donde se producían los ataques. A pesar de tener varios de ellos, no pudimos lograr ninguna captura. Fue un momento épico que la noche interrumpió. Casi con la última luz llegamos a la Estancia.
Había hecho mucho frío, especialmente a la tarde, pero los dorados lo disimularon hasta que definitivamente tuvimos que regresar. El baño de agua caliente y un whisky nos preparó para la cena. Una buena salsa portuguesa y los chorizos del frigorífico que Julio tiene con sus hijos completaron el placer de una jornada de pesca intensa.

Nubes grises, doradillos brillantes
Al otro día, compartimos el desayuno con tres pescadores recién llegados. Habían viajado en micro y a su llegada Horacio, quien había ido a la ciudad con ese fin, los trajo antes de que amaneciera a la Estancia. Nos pareció una opción excepcional para disfrutar a pleno hasta del viaje desde Buenos Aires. Uno viaja durmiendo en el micro y personal de la Estancia, que lo espera en la terminal, lo embarca y lo traslada hasta el casco. Un gran desayuno y a pescar. Buenisimo.
Nos dividimos. Horacio fue con los recién llegados y Atilio con nosotros. El día mostraba el cielo deprimido. Nubes grises delineaban líneas redondas sombreadas de plomo. El sol ni se presumía. Era imposible imaginárselo por la intensidad del frío y el color desapacible que esas nubes ofrecían al paisaje. El río dorado era opaco como un metal sin lustre. La arena de las pequeñas playas que se forman en las orillas de las islas ofrecían su telúrica tez de un ocre macilento. Los cañizos mutilados por el ganado y los bufalos parecían víboras muertas y partidas, los matorrales agrisaron sus verdes y los árboles parecían al acecho. Toda esa visión deprimente se revirtió en cuanto detuvimos la lancha. Nuevamente el ruido de las mojarras aterradas, los bulos de los dorados cazando en las orillas y los saltos que se repetían en las capturas eran los sonidos de la naturaleza que borraban la tristeza del día.

Otro día, otro dorado
Al mediodía nos juntamos todos para almorzar en la salida del Toro y El Paraná. Una costa acantilada de barro rojo se extendía hacia ambos lados del campamento. Las morenas como carnada eran un recurso finito a esa hora del día, por lo que un infaltable mojarrero levantaba mojarras gordas y angurrientas que suplirían esa falta cuando se terminaran. Julio con mosca seca se divertía con las mojarras y yo continuaba buscando un dorado que coronara mis intentos de ese día. Caminando por la costa hacia el sur, casteando casi paralelo a la costa, logré varios piques y el doradillo que buscaba. Almorzamos, y algunas gotas nos apuraron para el regreso. La última parada fue en una laguna y gareteando se repitieron los piques con la intensidad de toda la excursión. La lluvia, como una intrusa de nuestra diversión, determinó nuestro regreso. El cielo plomizo se adornaba con relámpagos fugáces y la lluvia golpeaba en el parabrisa de la lancha. La última visión de ese día fue la estela furiosa de la marcha, algunos búfalos cruzando el río mientras otros, cansinos e vulgares, nos miraban distraídos con sus orejas y cuernos caídos acompañando la tristeza de la lluvia.


Epilogo
El delta de Esquina esta invadido de mojarras y doradillos. Difícil lograr alguno que exceda la medida reglamentaria, pero la cantidad permite anticipar una pesca divertida en cualquier modalidad. De haber tenido algo más de temperatura y al sol alumbrando al río, la pesca con mosca hubiese sido para no olvidar. La pesca con bait o spinning, que fueron buenas, podrían haber sido mucho mejor en condiciones de tiempo favorables. Con carnada la pesca fue infalible a cualquier hora y en todos los lugares que el guía eligió. El puerto de la Estancia está a minutos de los lugares de pesca y la atención y el alojamiento son de lo mejor en la zona. Uno de sus dueños de anfitrión, guías conocedores del río y de la pesca, lanchas amplias con cabinas y motores modernos de alto caballaje – dos personas casteábamos nuestras líneas sin dificultad -, capacidad de alojamiento desde tres hasta dieciséis pescadores, energía propia, un casco con TV color en el medio del delta, una cocinera que sabe lo que hace y garantiza viandas para el día y cenas que completan jornadas inolvidables.

Acuérdese que lo van a buscar a la Terminal de Micros y lo trasladan a la Estancia, lo alojan y están al servicio de los pescadores durante todo el tiempo de la excursión. Tiene todo incluido (Viandas, bebidas, cenas, embarcaciones, guías, carnada y combustible) hasta que lo dejan nuevamente en la Terminal para su regreso. Ideal. Fuimos invitados para hacer esta nota pero no arrimaría un solo elogio si no sintiera que estoy dando un servicio.
No me autorizaron a publicar el precio por persona por día porque hay diferencias de acuerdo al grupo, pero es totalmente económico para el lugar, los servicios y la atención que ofrecen. No dejen de llamarlos si quieren descubrir el lugar de pesca que elegirán, en esa zona, para los próximos años.

Saludos
Enrique Gómez

Servicios
Estancia "La Brava"
Esquina - Corrientes - Argentina
Tel.: (011) 15-6045-6223 / 4543-5125
Tel.: (02293) 15-615703 / (0291) 15-438-1257