| RELEVAMIENTO DE PESCANET |
| Fecha | Pesquero | Provincia |
| 22-11-2004 | Río de La Plata | Buenos Aires |

Nota: Las fotos incluidas en la nota son de archivo
Ese sábado, no tenía planeado un día distinto. Mi lancha estaba en el agua desde temprano, con los sueños también amarrados al muelle. La grúa del galpón, sin descanso, ponía en al agua algunos semirígidos y un par de lanchas que rápidamente eran tripuladas por dos, tres y hasta cuatro pescadores. Acomodaban rápido y entre bromas, felices, sus cañas, cajas de pesca y carnadas. En la medida en que iban soltando amarras, dejaban de ser hombres comunes de tierra. Pasaban a ser navegantes, pescadores y hasta en algunos casos hombres de isla.
Con mi tripulación a bordo, le solté las amarras a los sueños y haciéndome el distraído apuré la partida intentando dejar las tristezas de un hombre común en el muelle.
Zarpamos con los sueños intactos
Con la rutina de lo nunca igual, las revoluciones del motor, apuradas, le dibujaban un paso rápido de espuma al reflejo del río. El viento en los ojos erosionaba las últimas vistas de la ciudad mientras que el verde de los árboles y lo fresco de una mañana recién estrenada dibujaban una mueca de libertad en
cada cara.
15 minutos al Palmas. Un sudeste suave levantaba pequeños corderos que obligaban a apurar el mate. Como casi siempre, aún no tenía muy claro nuestro destino de pesca.
El sudeste, cuando es suave es un buen viento para navegar. Desde el palo 2 del cruce de los bajos del temor, se dibujó en mi mente un segmento recto, que mi lancha interpretó como si fuera parte de mí, hacía la entrada del arroyo Diablo.
A veces imagino y hasta me convenzo que es mi lancha, trabajando en combinación con alguno de mis desconocidos sentidos, la que me pone en los lugares de pesca.
El arroyo Diablo y sus verdes angosturas nos dieron rápida salida al Miní. Vuelvo a jugar con la altura del agua, no puedo resistir la tentación y cruzo bien por encima del banco que se abre a babor de la desembocadura. Es una pena, el Lobos no está desaguando y cuando eso no sucede, no hay peces comiendo en su desembocadura. Seguimos navegando, ahora de cara a las Islas Oyarvide y con la marejada por la banda de estribor que pronto se pone de popa cuando busco el comienzo de los Pozos del Barca Grande. Es allí donde cesa el ruido del motor y comienza a sentirse el murmullo del viento o el ruido que cada uno lleva dentro del corazón.
Comienza la pesca
- Pescamos acá?...
- Si, ya les ayudo con los equipos...
Cañas cortas, de entre 1,80 y 2,10 metros . Le ato a la tanza que viene del reel un leader, anzuelo de 8/0, una morena como carnada y al agua. Unos 15/20 metros y cierro el pick up, ajusto el freno, entrego la primer caña. Si sentís que está picando dale un poco de corrida antes clavar... y me armo la segunda caña, esta vez intercalando un plomito de 20 gramos entre la tanza y el leader. Anguila como carnada, freno regulado, mismo consejo y a armar la tercera caña.
Nos largamos a pescar al garete de tal modo que el viento nos cruzara del extremo de un banco hacia el otro haciendo la pasada por los dos veriles y por la garganta de la canaleta del nacimiento de los Pozos del Barca Grande.
Cuando cada uno de mis tripulantes estuvo acomodado, me puse a preparar un equipo para mí. Hay veces que a algunas personas les molesta que, en mi rol de guía, yo también pesque. Honestamente no tengo resueltos los motivos ni las causas ni tengo muy claro de si es tema para incluir en esta nota. Seguramente quedará para cuando escriba otra y mis ganas de desatar polémicas estén de fiesta.
Al garete o cómo dicen en el norte... a camalote o... a pindá..., como pescaba Pedro, el Pedro canoero del chamamé de Teresa Parodi que cuenta algo así "Pedro canoero, todo tu tiempo se ha ido, sobre la vieja canoa... lentamente te lo fue llevando el río. Pedro canoero, ya no has vuelto por la costa. Te quedaste en la canoa como un duende, sin edad y sin memoria... Pedro canoero te mecía el agua, lejos de la costa cuando te dormías... Pedro canoero corazón de arcilla...sobre la canoa se te fue la vida...Pedro canoero, la esperanza se te iba, sobre el agua amanecida...tu esperanza, Pedro al fin no tuvo orillas..."
Mientras a mí se iban los sentidos mimetizándome con la historia de Pedro, el ruido de una chicharra me trae a la realidad (por suerte a la realidad del río, no la común, la de todos los hombres de la ciudad), mi mirada se clava en una de las cañas, dejalo que coma y cuando sientas el peso del otro lado, recién ahí dale el golpe de caña...
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Pasan unos segundos, eternos para quién empuña la vara en ese momento, y el arco que describe la caña marca, de un lado la lucha por la vida y el miedo a lo desconocido... nunca antes me había sucedido que al comer una morena, algo se hincara en mi boca y comenzara a tironearme... , del otro lado la lucha con las vanidades, el desafío de ser certero, la satisfacción de aquél hombre primitivo que llevamos dentro que tenía que pescar para comer – Y honestamente no se si era más primitivo aquel hombre o el de hoy que, para comer ...bueno, queda a criterio del lector.
Estábamos en el arco de la caña y en el salto del dorado que cabecea y se vuelve a sumergir, hace una corrida lateral, tomo energía y vuelve a saltar, la espuma lo acompaña...de este lado, como un mecanismo de relojería, trabajan la caña, El pescador y el reel que deja salir tanza cuando el corte es inminente. A esta altura, el resto de las líneas están a bordo de modo que se pueda trabajar la pieza a lo largo de los 6,30 metros de eslora de la lancha. El dorado ahora se viene hacia nosotros, el pescador apura su mano derecha en la manivela del reel – si afloja la tensión es muy probable que el pez se escape –. Recobra la tensión cuando el pez pasa muy cerca de nuestra banda de estribor, el anzuelo vuelve a tironear y el dorado nos deja ver bien de cerca su nobleza de costados amarillos y nos salpica. Cuando se calma, lo subimos a bordo y se viene todo de golpe: las felicitaciones, las fotos, la contemplación y la satisfacción de tenerlo de nuevo en el agua, apenas tomado por la cola y con movimientos en zig-zag
hasta que recobra su energía y decide irse de nuevo a ejercer su destino de bravura en el río.
De nuevo las cañas al agua, todavía nos quedaba un buen trecho de veríl para garetear.
El viento había cambiado y ahora soplaba suave del este. Derivamos río abajo un par de horas durante las cuales tuvimos un par de piques fallidos...de esos que llevan, llevan y llevan...viene el golpe y arqueo de caña, se siente bien pesado y de golpe, la tensión se pierde... las carnadas vienen enteras y el único rastro de estos piques fantasmas es apenas un poco de baba en el leader...los patíes comenzaron a hacer de las suyas. Aprietan la carnada, preferentemente anguila, bien fuerte con la boca, no llegan a comer y cuando se sienten amenazados sencillamente abren la boca y adiós pez...
Un nuevo pesquero
La bajante se había comenzado a sentir fuerte. – Levanten que vamos a buscar en las desembocaduras de los arroyos.
Usualmente, después de un sudeste con agua alta, de los arroyos no solo baja agua, también baja mucha comida – sabalitos, mojarras, boguitas, bagres, etc. – y son un muy buen lugar para buscar a los peces cazadores.
Navegamos unos 10 minutos con dirección este y entramos en el laberinto de aguajes, arroyos y canaletas de las islas Oyarvide. Rompiendo la quietud del agua, que casi parece espejo porque de la brisa la reparan los juncales... fondeamos unos 5/6 metros aguas arriba de un aguaje que al volcar su agua apurada en el cauce principal, desparrama pequeñas correderas, corrientes y contracorrientes.
Nuevamente encarnar las cañas, esta vez todas con plomo, una con uno de 20 y dos con 30 gramos . La mía la armé sin plomo, de modo de poder ubicar la carnada sobre una de las correderas y dejando salir tanza suavemente, podía recorrer algo más de agua en busca del lugar en donde estuvieran comiendo los cazadores.
Se volvió a hacer la calma... una pareja de federales comenzaron a cantar, ahí nomás... a poquitos metros, parados sobre los juncos, como flotando, casi sin balancearlos. Tienen la cabeza de color rojo intenso y el cuerpo negro azabache (en casi todas mis notas los nombro, casi como homenaje a que en casi todas mis salidas me acompañan).
Algunos sábalos saltan, por aquí y por allá. Apenas si se asoman y le dibujan círculos concéntricos al agua, como para darle gracia a la superficie que en algún momento llegará hasta el mar.
Justo enfrente nuestro, sobre una de las correderas, la que va bien pegada a la costa, se ve "espantada" de mojarras... alguien las está corriendo... Todo tenía vida, todo tenía movimiento... menos nuestras cañas... Estrenamos nueva ronda de mate y, cómo no podía ser de otra manera, apenas si íbamos por la segunda vuelta cuando uno de los reeles, y otro más unos segundo después, comienzan con esa música que a los pescadores nos da la idea de una sinfonía.
Es llamativo ver desde afuera, como frente a la misma circunstancia dos personas reaccionan completamente distinto, aún sabiendo ambas qué es exactamente lo que tiene que hacer... uno pegó la clavada inmediatamente apenas escuchó sonar su chicharra, el otro, destrabó el reel y dejó salir tanza controlando el tambor con el pulgar. Saltó un dorado!!!. Con el sol a nuestras espaldas, el arqueo del
cuerpo pareció una imagen suspendida, casi una foto por unos segundos, brillando y desparramando gotas que le ponían un marco de reflejos plateados a nuestro pez. Cabeceó un par de veces y entró limpiamente de nuevo al agua... la tensión en esa caña se había perdido... el pez había sabido controlar la situación y ahora nadaba de nuevo a su antojo – le habrá sucedió antes y habrá aprendido que lo que hizo es exactamente lo que tiene que hacer???-.
La otra caña apuraba el golpe certero. El nylon, tenso dibujaba un sesgo de ida y vuelta hacia derecha e izquierda hasta que finalmente el pez subió. Un salto y la corrida transversal, derecho a la mata de juncos, obligaron al pescador a más tensión para obligar al pez a cambiar de dirección. El pez y su instinto ceden y cambian la estrategia, ahora nada río arriba, pasa muy cerca de nuestra lancha y solo se equivoca en seguir nadando, lo cual ayuda a recuperar la tensión del nylon. El anzuelo molestando en la boca y otro salto. Comienza a nadar río abajo, ya se está cansando. Viene manso hasta nuestra banda, un par de saltos cortos más, de nuevo foto, unos segundos para la contemplación, pesarlo – este parecía el más grande y la balanza marcó 4 kilos – y de nuevo al agua.

Finalmente resultó ser un día especial
De este modo se iba pasando la tarde. Entre nuevas rondas de mates, estrenos de piques, corridas y dorados que nos colgaban una sonrisa. Algunas anécdotas y de a ratos algunos momentos de silencios en donde las miradas se pierden, algunas justo en el lugar en donde el agua se junta con el cielo, otras en la nada y otras en recuerdos de momentos vividos en ese mismo lugar porque, "siempre se vuelve al lugar en donde uno amo la vida".
No me lo había propuesto, pero el río tiene esas cosas, finalmente resultó ser un día, como habían pedido mis clientes, "a intentar solo con el dorado".
El sol pasó del amarillo al naranja intenso y por más esfuerzo que hiciera, como si no pudiera comprender que todo tiene su final, igual se iba cayendo. ¿Cuánto de sol al atardecer tenemos los humanos? Y, ojalá sea en la misma proporción de lo que tiene el sol cuando mañana comience a treparse al cielo.
Una hora y cuarto de resbalar sobre ríos y arroyos, de esquivar bancos y ponerle estelas a las canaletas, de jugar a las sombras con las casuarinas de estribos a la altura del canal Arias nos tomó amarrar nuestros sueños de ese día nuevamente al muelle de la guardería.