Buena pesca y fugaz visión de salmones del Atlántico en el Río
Puelo (Chile)
Por: Mario Capovia Del Cet
En la ciudad de Lago Puelo
hicimos base en el Complejo Turístico
Peuma Hue cuyos dueños, Miriam y
Miguel nos dieron albergue en una de sus cálidas cabañas, a metros de un lago
artificial que contiene decenas de truchas arcoiris de un kilo promedio (desde
ya que está prohibido pescarlas, pero es un placer tener una latita de peletz en
la mano y darles de comer).
Nuestro objetivo de pesca era visitar las nacientes del río Puelo en Chile (Puelo
significa en lenguaje indígena “aguas que vienen del este”), lugar del que había
tenido muy buenas referencias a través de mi amigo Eduardo Labbaronie, quien
oficia allí de guía de pesca desde la temporada anterior, lugar que ya fue
visitado por Patricia y Hugo en diciembre de 2003.
Pero lo mas atractivo del
lugar era, a mi criterio, la posibilidad de poder ver, y si fuera posible
intentar pescar, algún salmón del atlántico de los que me habían hablado un par
de años antes mis amigos Antonio Lynch y Tati Taquini (lamentablemente fallecido
a fines del año pasado). Allí también ingresan salmones Chinook con dos remontes
anuales: en noviembre y diciembre y en abril.
La empresa
Patagonia Adventures,
de Kent Schoenauer y Sra., opera desde 1994 un lodge de pesca que queda a tan
solo un kilómetro de la boca del río Puelo, en Chile, en una zona denominada
“Segundo Corral”. Acordamos como horario de partida las 18,30 hs. de ese mismo
día (faltaban solo un par de horas), desde el pequeño puerto del lago Puelo,
donde luego de “minimizar al máximo nuestro equipaje”, arribamos puntualmente
con una caterva de bolsos y tubos de cañas. Desde lejos se veía un gomón verde
oliva que venía en nuestra dirección; era Eduardo, quien nos transportaría a
nuestro destino. Luego de envolver todo en una gran lona impermeable, nos
proveyó de trajes de agua y salvavidas ya que el lago estaba bastante picado.
Un poco más de una hora dura
el viaje ya que, además, es necesario hacer trámites de ingreso y egreso en las
gendarmerías Argentina y Chilena.
Navegamos un extenso brazo
del lago que va hacia el oeste donde millones de cipreses tapizan las laderas.
Los mas expuestos tienen todas sus ramas dirigidas hacia el este, pues los
vientos predominantes del oeste los moldean de tal forma que parecen conos
cortados por la mitad. Enormes barrancas de piedra se sumergen en las profundas
aguas de intenso azul cobalto. Al final de este brazo se produce un
angostamiento y se ingresa a Chile, a través de una sucesión de cuatro o cinco
saltos, al Lago Interior. Debido a estos saltos y a las características del río
Puelo, la embarcación en la cual nos trasladábamos y todas las que posee el
lodge tienen motores turbo jet. Solo contando con estos equipos se pueden bajar
y remontar violentos rápidos donde es imposible hacerlo con un motor
convencional, ya que tanto la hélice, como el motor mismo, correrían serios
riesgos y con ellos la vida de sus tripulantes.
Atravesamos luego todo el
Lago Interior y al final de éste comienza entonces el río Puelo. Ya de noche, a
unos quinientos metros de la boca y sobre la margen izquierda, unas luces nos
indicaron que habíamos llegado a destino.
Nos recibió Kent y su hijo
Eric, quienes nos ayudaron a bajar nuestro equipaje, mientras Jack, un labrador
negro, nos miraba con cara de “yo no fuí” moviendo constantemente la cola.
A pesar de la oscuridad
reinante el lugar nos pareció muy hermoso. La pequeña cabaña, de cálida
construcción y sobriamente decorada, tiene dos habitaciones y alberga un máximo
de seis personas (actualmente están construyendo otra, de capacidad similar pero
más grande, a unos cincuenta metros de la actual).
Degustamos una excelente
cena, donde Pablo, –una amigo de Eduardo recién recibido en una escuela de
cheff-, hizo alarde sus conocimientos gastronómicos. A los postres, reafirmamos
lo acordado con Kent: que nuestra nota se basaría en un
día y medio de pesca en el río Puelo. Pescaríamos todo el día siguiente y una
mañana más.
Cuando nos acostamos se
largó a llover y temprano al día siguiente ésta continuaba. El nuestro fué un
desayuno con caras de velorio pues la firme lluvia nos tenía paralizados, ya
que, ponernos los trajes de agua y salir a pescar era posible, pero la necesidad
de filmar y fotografiar pondría en riesgo los equipos, por lo cual decidimos
esperar a que pare. Mientras almorzábamos las nubes se despejaron y salió
nuevamente el sol. Cuando nos dispusimos a salir el cielo se volvió a cubrir y
comenzó nuevamente la lluvia, esta vez con viento.
De tanto en tanto, (para
matar el aburrimiento), le pedía un poco de pan a Pablo y bajaba al muelle para
arrojarlo en pedacitos al agua y observar como una decena de arcoiris (que me
hubiera encantado sentirlas en la punta de mi caña) subían a comerlo. Me traía
recuerdos de cuando el pan se lo pedía a Tati Taquini en Rincón Chico.
Mientras Patricia y Hugo
dormían la siesta me puse a atar algunas moscas en el quincho, en tanto “Edu” me
cebaba unos matecitos. Ya entrada la tarde y sabiendo que la ansiedad me
consumía me propuso salir a hacer unos tiros. Protegidos contra la lluvia fuimos
hacia unos juncales del Lago Interior. Una hora y media remó lentamente Eduardo
al filo de un largo juncal y junto a unos paredones de piedra, como resultado
tuve tan solo dos piques. La temperatura había bajado mucho respecto al día
anterior y no vimos actividad alguna.
Cuando la lluvia se detuvo
llamó Kent pidiéndonos que los pasemos a buscar para pescar río abajo, a un
kilómero de distancia. En ese punto hay una caída de al menos un metro, y en su
lado derecho una plataforma de piedras que forma una profunda olla de unos
veinte metros de ancho con una corredera muy rápida pegada a la costa que se
vuelca en su interior. Allí bajamos Kent y yo, para pescar vadeando, mientras
Eduardo llevaba a Patricia y Hugo al borde interior de la olla, atando la
embarcación en las piedras y pescando a bordo de ésta. Cuando Kent vió que tenía
puesta una pequeña Wooly Bugger con cabeza bead head, me recomendó que la
cambiara por una ninfa en tamaño 14 o 16. Le dije que iba a hacer unos tiros
para calmar mi ansiedad y luego pondría la ninfa. Saqué una marroncita y una
arcoiris y luego mi mosca “paseó” durante unos veinte tiros más... Entonces
decidí ser obediente y coloqué en mi tippet una ninfita negra al estilo Hare´s
Ear en tamaño 16. A la distancia, pude ver que la caña de Hugo estaba curvada y
una arcoiris saltaba por el aire.
El lugar era complicado ya que estaba parado al pié de la corredera y solo podía
hacer roll. Efectué el primero, muy corto, y elevé la caña para luego ir
bajándola lentamente con pequeños golpecitos de puntera. De esta manera la ninfa
no “remonta” sino que va bajando la corriente como dejándose arrastrar por ella.
Cuando había bajado mi caña a la mitad del recorrido, la mosca fue interceptada
por una arcoiris a unos cuatro metros de mis pies, por donde la Wooly había
pasado varias veces sin resultado. Dos o tres tiros mas y otra arcoiris tomó la
pequeña ninfa. A esta altura poco se veía y decidimos continuar al día
siguiente.
Temprano regresamos al
lugar. Centenares de golondrinas revoloteaban sobre la caída de agua en agitado
frenesí; evidentemente se estaban alimentando, pero nada veíamos en el aire y
donde estábamos ubicados el agua estaba demasiado agitada y espumosa para poder
ver de que se trataba.
Esta vez llegamos todos al
lugar donde atara Eduardo la embarcación la tarde anterior. Kent y yo caminamos
unos metros ubicándonos ya no sobre la costa sino del otro lado de la corredera,
lo que permitía lanzar cómodamente. Dado el tamaño de las truchas del día
anterior, esta vez llevé una caña cuatro y línea de flote lo que me permitiría
mejor corrección en las correderas. Dos o tres piques fallidos y el comentario
de Kent de que las truchas no estaban en la corredera. Decidió que regresáramos
cerca del bote, donde Patricia y Hugo cambiaban constantemente de mosca sin
mucho resultado. Entonces me pidió que ocupara la popa y probara con mosca seca,
cosa que todavía no habíamos hecho. Edu al lado mío en la popa, Patricia con la
filmadora en mano en el centro y Hugo con Kent en la proa probando secas
clásicas. Y realmente no pude creer lo que estaba viendo: decenas de arcoiris
desplazándose de un lado al otro, comiendo ese “algo” que realmente no podíamos
ver. Subían suavemente y abrían la boca, en oportunidades dos o tres veces
seguidas y luego se sumergían lentamente hasta que encontraban otro bocado que
las hacía subir nuevamente. Recordé las truchas del Malleo, que a fin de
temporada suelen volvernos locos rechazándonos toda mosca mayor al #18 y
hurgando en mi caja de secas encontré una CDC Adult Caddis gris en este tamaño y
la até en un tippet 5x.
Y resultó. Una trucha comió
en superficie, la mosca cayó cincuenta centímetros delante de ella, subió, y
pudo verse claramente como abrió la boca tomándola con delicadeza. Al sentir el
pequeño anzuelo comenzó a sacudir la cabeza tratando de desembarazarse de la
molestia y como no pudo inició una primer corrida de unos cinco metros y dió un
primer salto.
En tanto Hugo tuvo la
fortuna de sacar un explosivo juvenil de salmón del Atlántico de unos 700 grs.
Unas cinco truchas más
fueron tentadas –a pez visto- por la pequeña mosca de cul de canard, cuando se
escuchó la voz de Kent que decía... “bueno... vamos río abajo”... De mas está
decirles que comencé a pensar seriamente en la forma menos cruenta de
suicidarme, pues me hubiera quedado cinco o seis horas mas en el lugar, pero
también me picaba la curiosidad por conocer un poco mas el río.
Bajamos el rápido y cinco
minutos después nos detuvimos en una larga corredera de al menos cincuenta
metros de ancho. Las aguas corrían muy rápidas y sin remanso alguno en su costa.
Nos distribuimos y
comenzamos a pescar. Hugo y Patricia junto a Kent y mas adelante Edu, parado
sobre la barranca, observaba como yo intentaba tirar lo mas lejos posible
tratando de hacer correcciones en la línea, lo que era casi imposible por la
velocidad del agua.
Una bonita arcoiris se
desprendió de la mosca de Hugo y luego de que Patricia sacara la segunda Kent me
gritó ¡ stonefly con patas de goma !. Como no tenía esa mosca,
decidí colocar una Mossback original de Dan Beily´s que me regalara Marcelo
Morales el año anterior. En vez de luchar contra la corriente comencé a lanzar
corto haciendo roll cast y dejando que la mosca derivara a corta distancia de la
costa. Al segundo tiro un violento tirón me arrancó el tippet y la mosca.
Coloqué otra mosca igual y luego de varios tiros picó una linda arcoiris de
aproximadamente kilo y medio.
Siendo ya mediodía decidimos
emprender el regreso para almorzar y continuar con nuestro viaje.
Para remontar el rápido y que la embarcación no estuviera sobrecargada, Kent le
pidió a Eduardo que subiéramos solos mientras ellos lo harían a pie. Ni bien
salimos del desnivel y entramos en aguas planas Eduardo me gritó... ¡ahí
están!...
Dos enormes y majestuosos salmones de al menos siete u ocho kilos cada uno
(según Edu pesaban mas) se desplazaron cautelosos hasta desaparecer. A los pocos
minutos nuestros compañeros emitían exclamaciones de asombro ya que los veían a
pocos metros de la costa. Hugo intentó hacer un lance, pero al levantar la caña
los salmones se retiraron lentamente.
Según Kent, este tramo del río, por sus características, es uno de los mejores
desovaderos de salmón. Primero ingresan los machos y hasta tanto no arriben las
hembras, éstos son muy inquietos y asustadizos. Una vez llegadas las hembras y
ya formadas las parejas, éstas comienzan a construir los nidos revolviendo las
piedras con su cola. Estos nidos son fácilmente visibles en el río ya que se ven
como manchas claras en su lecho.
Durante los rituales del desove los salmones están tan concentrados que la
presencia del pescador no los inquieta tanto, por lo cual es un buen momento
para intentar pescarlos, ya que, si bien no están alimentándose, suelen atacar
las moscas por irritación para defender el nido. Luego del desove se retiran las
hembras y un par de semanas después, los machos.
Nos relató también que comenzaron a ingresar al Puelo en el año 91 y el mayor
remonte que él tiene registrado, se dio en el año 95, con salmones de entre 4 a
8 kilos.
Elegante y poderoso, el salmón del Atlántico es una de las presas más deseadas
por los cultores de la pesca deportiva.
Península de Kola en Rusia, Islandia, Gran Bretaña, algunos ríos del este de
los Estados Unidos y Canadá son actualmente los principales destinos de pesca
para esta especie.
Introducido hace pocos años en Chile se ha adaptado bien a las aguas del
Pacífico y regresan año a año a desovar en los ríos que los vieron nacer.
Quien sabe, tal vez, si no hay sobre pesca y las
condiciones naturales del río Puelo lo permiten, éste se transforme con el
tiempo en uno de los mejores pesqueros de Atlantic Salmon del mundo.
Servicios:
Patagonia Adventures
P Hube 418 - El Bolsón - Argentina
Te. 54-2944-493280
E-mail:
kent@ArgentinaChileFlyFishing.com

