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Fecha |
Pesquero |
Provincia |
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07-10-2004 |
Esquina |
Corrientes |
Doradillos y tarariras con mosca en Esquina
Un día soñado...
Por:
Mario Capovía del Cet
Mecha y Lito Giorgi, con su habitual calidez y hospitalidad, nos alojaron en
esta oportunidad en su complejo
“El Pirayú” donde hicimos base para esta excursión.
La salida de pesca estuvo a cargo de Enrique, propietario del complejo
“Quique Pesca” en Esquina, provincia de Corrientes, quien ha decidido
incorporar nuevos equipamientos, incursionando así en el mercado de la pesca con
mosca.
A tal efecto adquirió dos nuevas embarcaciones North-Carolina de 17 pies
(5.10 mts.) de eslora, las que son excelentes para esta modalidad. De piso plano
y con escaso calado, posibilita la navegación en zonas de poca profundidad donde
otras lanchas quedarían varadas. Una lisa y cómoda plataforma en proa y un
generoso espacio en popa, permite que dos mosqueros desarrollen la actividad sin
estorbo alguno.
Según Daniel Salinas, nuestro guía, un cardumen de dorados estaba asentado
desde hacía días a poco mas de una hora de navegación, en los laberintos del río
Corrientes. Usted comprenderá lo que siente un pescador cuando los comentarios
son tan optimistas... una mezcla de ansiedad y el tratar de no ilusionarse
demasiado ya que en la pesca del dorado toda promesa suele ser relativa...
Y hacia allí fuimos... El río está tan bajo que en muchas oportunidades la
hélice tocaba el fondo levantando borbotones de arena y barro, obligando a
navegar en zig zag para evitar los bancos. El cielo totalmente gris prometía una
temperatura agradable, sin temor a las quemaduras del sol y prescindiendo del
uso de los aceitosos filtros solares. La falta total de viento permitía una
plácida y fluida navegación en zonas carentes de bancos.
Tras un trayecto de un poco mas de una hora por decenas de ríos y riachos
bordeados por playas de barro o camalotes, llegamos a una zona que debe estar
siempre cubierta de agua y ahora, con el río tan bajo, estaba convertido en un
páramo totalmente despoblado de vegetación; tan solo raíces y tallos de carrizos
resecos cubrían las partes más altas.
En medio de esa inmensidad, el río por el cual nos deslizábamos trazaba una
curva hacia la izquierda, y se angostaba de forma tal que algunos troncos
trabados en la arena y afloramientos de dura tosca provocaban mucha turbulencia.
Sobre la derecha nacía un pequeño canal cuya boca, trabada por una pared de
tosca que provocaba una marcada caída volcando nuevamente sus aguas al curso
principal cien metros mas abajo.
Ese era el lugar que Daniel nos había mencionado. En total silencio nos
dejamos llevar por la corriente unos cincuenta metros y luego nos detuvimos. La
calma reinante nos permitió oír y ver a la distancia una atropellada y revolcada
de dorados, y un instante después a menos de veinte metros frente nuestro.
Patricia y Hugo armaron sus equipos y comenzaron sus lances sobre el cauce
principal en tanto yo decidí incursionar en la boca del arroyito. A la tercer
derivada de la mosca un doradillo subió tomándola con suavidad para luego
irrumpir en la superficie con un violento salto; luego otro y otro, hasta que
cansado pude vararlo. Tratando de no patinar en la fangosa costa (a esta altura
mis mocasines pesaban diez veces mas pues tenían triple suela y bordes de
barro...), pude levantarlo para que Daniel sacara un par de fotos y, gracias al
anzuelo sin rebaba, pude sacarle la mosca con facilidad y lo devolví al agua. La
Teeny 300 que estaba usando se hundía demasiado, por lo cual debía levantar la
caña ni bien la mosca tocaba el agua para que no se arrastrara por el fondo. En
una de las pasadas una tararira emergió de entre los terrones de tosca tomando
la mosca con un chasquido seco pero no se clavó. A fuerza de insistir y luego de
otros dos piques fallidos finalmente pude sacarla. A lo lejos sentimos las
exclamaciones de Hugo que acababa de perder un dorado...
Daniel me sugirió hacer unos tiros en el cauce principal ya que había visto
unos dorados cazando en el curvón. Golpeé cinco o seis veces la mosca en la
superficie y en el mismo lugar para llamar la atención y cuando la dejé derivar
el pique fue instantáneo. Otro doradillo/otras fotos... hermoso!
Un cangrejo de río se me acercó a los pies (muchos pescadores ni siquiera
saben que este crustáceo existe en nuestras aguas dulces...), lo levanté
tomándolo por la caparazón, mientras tomaba una actitud amenazante abriendo y
cerrando sus pinzas y le saqué un par de fotos.
Cruzamos a la costa opuesta que era un poco mas profunda y allí nos
distribuimos. Me atrajo un enorme tronco varado en forma paralela a unos quince
metros de la costa. Era tal la calma que podía oírse el murmullo del agua al
golpear y revolverse tras él. Era un clásico lugar de acecho... si había algún
dorado debía estar allí... pero, en estos casos hay que medir muy bien las
distancias para no enganchar la mosca con la consiguiente pérdida de la misma
(conviene, en estos casos utilizar moscas con weedless). Tres o cuatro derivas
correctas fueron suficientes; la línea se tensa, los pesados cabezazos y un
sinnúmero de saltos. Varios tiros más, uno tan pegado al tronco que pensé que la
enganchaba, deriva un metro y el agua se revuelca... pero no logró tomarla. Dos
tiros más y otro dorado para la foto... A unos cincuenta metros Patricia clava
otro, su reel se lamenta durante la corrida, el dorado salta y se desprende...
(ahora la que se lamenta es Patricia).
Bajamos unos doscientos metros, donde una enorme laguna se abría hacia la
izquierda y la costa se cortaba formando una punta. A unos quince metros río
adentro dos lomos de dorados se asomaron velozmente.
Para no pescar amontonados me dirigí a una lagunita totalmente cerrada que
estaba a unos sesenta metros pues había visto algunos movimientos. Era muy
pequeña, de unos cincuenta metros de largo por diez de ancho. Al acercarme a la
costa un tronco hundido cobró vida y huyó provocando una enorme estela en la
superficie... Era una tararira de las grandes! Seguí caminando hasta el otro
extremo y decidí hacer unos lances de no mas de cinco metros golpeando con
energía la mosca sobre el agua. Durante unos quince minutos no hubo tiro en el
que no tuviera pique; estaban todas amontonadas allí. La mayoría no llegaban al
kilo aunque perdí una muy pesada. Cuando saqué una de las grandes le grité a
Daniel pidiéndole que trajera mi cámara y así pudimos sacar un par de fotos.
Sobre el mediodía tomamos un breve descanso para almorzar e intercambiar
experiencias. Patricia y Hugo comentando las capturas y piques fallados y yo
fascinado por las tarariras. Me atraganté con un sándwich y regresé velozmente a
la lagunita. Continuidad de piques y extracciones, cuando de pronto la mosca se
detuvo bruscamente como si se hubiera enganchado en el fondo y un gran revolcón
de agua indicó que no se trataba de un pez chico... Clavé enérgicamente y algo
parecido a un “cocodrilo” saltó fuera del agua.
Era una tararira “de las buenas”. Tras un par de corridas y chasquidos de
mandíbulas la arrastré sobre el barro, la tomé con la mano detrás de la cabeza y
corrí hacia el río donde Hugo estaba comenzando a fotografiar a Patricia con un
dorado que acababa de sacar. Me esperaron y entonces sacamos la única foto mixta
del día. Mientras Patricia devolvía su dorado al agua Daniel decidió pesar la
tararira con el Boga Grip. El peso fue de tres kilos y medio: realmente un
hermoso ejemplar.
Un viento cada vez más fuerte y frío se comenzó a hacer sentir mientras el
cielo se oscurecía paulatinamente... la lluvia se acercaba cada vez mas y las
primeras tímidas gotas se transformaron en un verdadero chaparrón. Subimos a lo
que a nuestra salida fuera una nívea e impecable embarcación, ahora transformada
en un lodazal de tanto subir y bajar con barro en los zapatos y Daniel la
dirigió durante un par de kilómetros hasta un arroyo cuya alta costa nos
protegía del viento y de la lluvia. Nos guarecimos allí por un espacio de al
menos dos horas, con la esperanza de que amainara el temporal y realmente
acertamos con la decisión, ya que en un momento tanto el viento como la lluvia
pararon por completo.
Bajamos nuevamente el río, mas allá de último lugar donde habíamos estado
(mientras yo veía pasar con nostalgia la lagunita de las tarariras...) y
llegamos a una gran laguna donde Daniel prometía cantidad y calidad de
tarariras, pero éstas evidentemente se habían trasladado a otra parte, o el
cambio de clima las había aquietado.
Ya avanzada la tarde regresamos al punto anterior y esta vez, en vez de
seguir con las tarariras decidí poner una línea de flote y buscar dorados sin
rastrillar el fondo con la mosca. El resultado fue tan bueno que Patricia y Hugo
hicieron lo mismo.
Esa zona no tenía más de un metro de profundidad, y el agua, si bien no era
cristalina, mantenía cierta transparencia a pesar de lo llovido. En muchas
oportunidades el dorado tomaba la mosca ni bien esta tocaba el agua. No menos de
quince doradillos sacamos en el término de la última hora y media de pesca.
La única dificultad era que, el la medida que los íbamos sacando, picaban
cada vez mas lejos, obligándonos a lanzar casi toda la línea, lo que no era tan
fácil por el tamaño de las moscas que utilizábamos. Nuestra aliada fue una
pareja brisa de espalda que nos permitía lanzar con cierta comodidad.
Dada la hora y la distancia que nos separaba de Esquina, nos embarcamos para
regresar. Con la insatisfacción del que siempre quiere más (...sacamos el último
y nos vamos...) y dada la manifiesta actividad de dorados en superficie, pedía
que sacáramos cada uno el último antes de volver.
Y así lo hicimos. Cuando Patricia arrimó el suyo, y al tenerlo en mi mano
sobre la lancha, el doradito regurgitó una anchoita de río de gran tamaño la
cual Hugo se encargó de fotografiar.
Largo se hizo el regreso. Más de la mitad lo efectuamos con poca luz y luego
de noche. Una profusa eclosión de insectos nos golpeaba la cara y nos obligaba a
utilizar anteojos. Atento a esto, Daniel utilizaba unas antiparras incoloras
para tener buena visibilidad y para evitar que alguno de ellos le ingresara en
un ojo (cosa que alguna vez me pasó...).
Poco a poco, nos fuimos aproximando a las luces de la ciudad de Esquina,
pensando cuanto tiempo y cuantas salidas deberemos esperar para repetir una
experiencia semejante... un día “soñado” para cualquier pescador con mosca...