| RELEVAMIENTO DE PESCANET |
| Fecha | Pesquero | Zona |
| 17-08-2001 | El Monolito | Buenos Aires |
La
inauguración de un nuevo complejo pesquero en el Guazú nos llevó en busca de los
flechas de plata fuera de temporada. Con nuestro deporte favorito nos fue mal.
Apenas un par de pequeños dorados. Sin embargo vale la pena registrar el lugar
al que nos comprometimos a regresar en un par de meses en busca de buenos
bagres.
Mediados de agosto, la pesca de los grandes pejerreyes en Playa Honda, Los Palos, y Martín García, continúa a buen ritmo con grandes ejemplares y en pequeña cantidad. Normalmente, la zona del Guazú es para probarla en plena temporada, allá por junio y julio, pero la inauguración del complejo recreativo “El Monolito” nos hizo cambiar de idea.
Antes de partir nos informamos muy bien acerca del pique ya que, realmente,
sabíamos que llegaríamos algo tarde para dar con los grandes matungos pero, como
contrapartida, sabíamos que de noche y en las redes los lugareños aún
continuaban cobrando
ejemplares de entre uno y dos kilos y en buena cantidad.
Contábamos con un guía avezado y conocedor del ámbito como es Daniel “Mono” Turler y, realmente, el hecho de la pesca era un complemento más de la inauguración. De todos modos, bien tempranito, salimos desde el club que está sobre la ruta 12 en la Isla Talavera (se llega muy rápido y es de fácil acceso), con rumbo al Río Talavera, hacia Cinco Bocas. Al pasar el barco hundido seguimos por unos 15 minutos más y nos acercamos a la margen del lado entrerriano del curso en busca de los juncales.
La idea era hacer un largo garete pegados a los juncales, pero el viento fuerte nos tiraba hacia el medio de la corriente y hacía estériles los intentos. Decidimos probar anclados y por más de una hora lo único que prendimos fueron unas molestas sardinas que no dejaban de picar en nuestros anzuelos. Habíamos llevado mojarritas medianas y boyas de medianas a chicuelas, en formatos yo-yo y chupete.
Al
no recibir ningún pique de pejerrey, nos fuimos desandando el camino hasta
ponernos unos 1.000 metros río abajo del barco hundido. Ahí pudimos garetear un
poquito gracias a la ayuda del “Mono” que con el remo mantenía la lancha cerca
de los juncos y al reparo del viento. Tuvimos dos piques furiosos: los dos de
una especie calificada, pero no la buscada por nosotros. El primero de unos
treinta centímetros y el segundo algo más grandecito, cercano a los cuarenta.
Nombre científico: salmimus maxillosus, familia characidae, nombre vulgar:
dorado.
De más está decir el revuelo que se armó en la lancha con estas capturas. El primero fue devuelto sin mayores consecuencias pero el segundo cortó al intentar izarlo.
Al final de la jornada, esas serían las capturas más relevantes ya que los intentos que hicimos en el muelle del complejo sólo reportaron amarillos y más sardinas.
A pesar de trabajar bien el largo muelle de 70 metros, no logramos ni un solo pejerrey. Ahí se imponen las boyas yo-yo chicas, en medidas de no más de 15 milímetros de diámetro. A medida que éstas derivan con la corriente, se van acompañando caminando sobre el muelle. Así lo hicimos unas cinco o seis veces, pero al observar el asadito que nos esperaba dimos por concluida la tarea en el lugar.
Esto nos dio tiempo para observar el predio y recorrer las cabañas de madera, de excelente terminación. Cuentan con capacidad para ocho personas y tienen un comedor grande, dos habitaciones alfombradas, baño con agua caliente y ducha, electricidad, cocina, y hasta la vajilla. Además hay parrillas, arboleda y un gran quincho común donde funciona la proveeduría y el comedor.
El muelle que estaba casi al ras del agua fue sobreelevado, y ahora está más cómodo con posacañas, tablitas para cortar la carnada y luz eléctrica. Las maderas son nuevas y está todo bien preparado para el pescador.
El
costo para ocho personas por el fin de semana es de $ 25 per cápita y si son
seis o menos cuesta $ 30 (está incluido el traslado en lancha hasta el recreo).
Lo más interesante: si desea ir desde el jueves o viernes hasta el domingo, el
precio no varía.
Además, si quiere embarcarse para pescar, el guía cuenta con dos lanchas grandes y los precios son a convenir según especies y recorridos.
Ya de tarde y luego del asadito, hicimos unas pruebas cerca del puente Brazo Largo, a unos dos mil metros río abajo, cerca de los pontones de pesca que tienen los recreos del Guazú y no tuvimos un solo ataque de pejerreyes. Indudablemente luego de esta comprobación, no nos quedó más remedio que asumir la derrota y emprender el regreso, acompañando a los grandes cardúmenes que se retiran de los cursos de agua dulce para volver a medios más salobres.
La revancha no está lejos, por octubre y noviembre sobre el guazú y aledaños se puede pescar el vigoroso bagre de mar, junto con la variada habitual de verano, que, por las capturas que se están dando hoy día, aún en jornadas bastante frías, parece que será fuera de lo común. Bogas, tarariras, patíes y dorados serán las vedettes del lugar y estaremos ahí para contárselo. Buena suerte.
Daniel Turler tiene el complejo “El Monolito” sobre el Río Talavera, en una zona bastante buena para la pesca deportiva. Usted se puede contactar con él al celular 15-4-096-6766 y lo encontrará en el predio que está sobre la Isla Talavera, a tres kilómetros del puente Zárate, sobre la costa del canal Yrigoyen.
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