| RELEVAMIENTO DE PESCANET |
| Fecha | Pesquero | Zona |
| 15-11-2001 | Delta | Buenos Aires |
El Delta, Un fin de semana distinto
Por
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Mauricio
Oñate.
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Pocas cosas se comparan a la magia de soltar amarras
para navegar un río mojado de luna. Sombras más oscuras que la misma oscuridad,
recortadas como de papeles negros, con formas de árbol que, se reflejan
ondulantes sobre las costas y se meten para siempre en nuestras retinas.
Siguiendo el reflejo blanco íbamos dejando en la
popa, el río Lujan, canal Arias, el Paraná de las Palmas, canal La Serna, Paraná
Miní, canal Arana y Barca Grande, con rumbo a un sector del borde exterior
frente a la islas Oyarvide.
Durante el viaje, la tripulación iba de los mates al
descanso en las cuchetas. De las charlas de pesca a las bromas y, lo más
importante: de las corridas de una semana de trabajo, a un fin de semana en la
paz de los ríos del Delta.
Cuatro de la mañana, la luna bien alta, el río que
sigue en su eterno viaje hacia el mar, nuestra ancla que rompe el agua y
comienza a hacerse un lugar en el fondo de limo. Café y mate para todos y a
dormir un rato antes de la primer salida de pesca del día.
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Mientras terminábamos de preparar los botes
auxiliares, el sol comenzaba a estrellar cada partícula de luz contra los sauces
y les arrancaba la sombra, luego lo hacía contra el agua y le arrancaba
reflejos.
Dos pescadores y un timonel en cada bote, los
motores empujaban contra el fuerte viento del noreste y a los 10/15 minutos de
cabalgar la espuma de las olas estábamos fondeados en una de las tantas
“calles” que forman los laberintos de juncos cuando comienzan a nacer islas
nuevas. Estos lugares suelen ser buenos sitios de pesca ya que al encajonarse,
el agua toma un poco más de velocidad, se oxigena mejor y arrastra más comida..
Si a esto le sumamos el hecho que la zona está rodeada de bancos que hacen muy
difícil la navegación y por lo tanto la calma es absoluta, llegamos a la
conclusión que es un pesquero perfecto. Lastima que ese día, las bogas no se
habían enterado de todo esto.
Los borbollones sobre el banco marcaban los lugares
donde estaban los cardúmenes. Hacía allí dirigíamos nuestros lances una y otra
vez.. Cambiamos de carnadas, nos movimos varias veces a diferentes lugares de
esa calle de agua, disfrutábamos de la paz de esa clara mañana, los borbollones
seguían. Y los piques no llegaban.
Luego de casi dos horas de intentos, solo
conseguimos levantar un par de bogas, algunos bagres y mucho, muchísimo pasto y
sedimentos que el río arrastraba, seguramente debido a las tormentas de días
anteriores y cosa muy poco usual en este tipo de sectores, donde el agua suele
estar más limpia debido al efecto de filtrado que producen los juncales.
En el otro gomón, las cosas no habían sido demasiado
distintas, un poco más húmedas quizás, ya que el viento había hecho de las
suyas con los rociones y la tripulación había tomado un baño forzoso.
De nuevo los motores empujaban. Esta vez buscábamos
aguas más limpias.
La pesca al garete, esa fue la modalidad que
hicimos, básicamente consiste en dejar que la embarcación derive llevada por la
corriente.
Las líneas de boga fueron de nuevo a la caja de
pesca y en su lugar colocamos plomos pasantes de no más de 15 gramos
directamente sobre el nylon que viene del reel, un esmerillón, un leader corto y
anzuelos para dorado encarnados con anguilas.
En uno de los botes, la adrenalina comenzaba a
fluir. Primero, un toque y luego una corrida que sacó varios metros de nylon,
vino la clavada, el arqueo de la caña, una nueva corrida y un freno mal regulado
que hizo que el Dorado se llevara la anguila, con anzuelo y leader incluidos.
Pocos minutos más y en la misma embarcación, un
nuevo Dorado que tras una cortísima pelea se gano el derecho a seguir nadando
libremente.
Mientras tanto, el otro bote navegaba rumbo a una
laguna formada por el aporte de bañados, esteros y pequeñas zanjas que desaguan
la lluvia que se acumula en las islas.
El recibimiento no podía ser mejor. Nos movíamos en
poca profundidad y a causa de la alteración que producíamos, cómo torpedos
enloquecidos se espantaban las reinas del lugar dejando ver sus lomos cortando
el agua; las Tarariras nos daban la bienvenida.
El viento seguía soplando fuerte y, si bien el agua
de la laguna no alcanza a levantar marejada, la superficie se riza de tal modo
que hace inútiles los intentos con señuelo. Probamos un rato con carnada pero
nuestro deseo de hacer un descanso que incluyera un buen almuerzo fue más
fuerte. Ya quedaría tiempo al atardecer para volver a probar con las Taruchas y,
en una de esas el viento se ponía de nuestro lado y dejaba la superficie lisa
como un espejo.
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Los botes quedaron amarrados a ambas bandas del
“Gaucho”. Su timonera cubierta nos regalaba una amigable sombra justo a la hora
en que los rayos del sol caen implacables
como espadas..
Mientras almorzábamos, las carnadas trabajaban en
uno 9 metros de profundidad y, como no podía ser de otra manera, justo en los
momentos en los que más nos concentrábamos para que las “pirañas” de a bordo no
lo dejaran a uno sin comida ni bebida, hubo tres piques importantes: el
primero, un par de toques, una corrida suave pero constante, la clavada y una
corta batalla en donde el pez buscaba el centro del canal. Nadando lento, casi
como acompañando la traída, buscaba la seguridad de la profundidad. No hacía
corridas espectaculares y como si conociera a la perfección la técnica de cómo
zafar del anzuelo, comenzó a nadar río arriba más rápido de lo que el pescador
podía recuperar su nylon, lo que hizo que en pocos segundo se perdiera la
tensión de la línea y...lamentablemente, también el pez. La anguila no estaba
mordida y por la forma de picar y el tipo de defensa que utilizó, lamentamos
haber perdido lo que suponemos era un lindo cachorro de Surubí.
El segundo pique, en cambio, no se preanunció con
toques. Fue una larga y violenta corrida que hacía cantar la chicharra del reel
con ese sonido mágico que a los pescadores nos suena a gloria. Esta vez, la
clavada llegó a destiempo y, cuando recogimos la línea, el anzuelo plateado
brillaba limpio, como si jamás hubiese sido encarnado; los Dorados también
estaban almorzando....
El tercer pique correspondió a un Patí que, fiel a
su tradición, traía la anguila bien apretada en la boca y cuando sintió que de
alguna manera algo lo acercaba a la superficie, abrió la boca y.....de nuevo a
nadar tranquilo.
El resto de la tarde transcurrió entre el letargo
típico de las siestas en el Delta, unos buenos partidos de truco y alguna
boguita que prolija y ecológicamente, al momento de utilizar el copo, uno de los
pescadores se encargaba de liberar.
Como el viento había cambiado y se había puesto del
cuadrante sur/sureste. Decidimos poner el “Gaucho” a buen reparo en un arroyo,
y alistar de nuevo los botes para intentar , a la caída de la tarde, pescar
Tarariras en la “lagunita”.
El recibimiento volvió a ser a toda orquesta. A
medida que nos acercábamos a los bordes de la vegetación, los grandes lomos se
movían cortando el agua buscando una ubicación que los pusiera a resguardo de
los intrusos.
Comenzamos a lanzar nuestros señuelos a la vez que
el sol, ya casi sin fuerzas, se iba escondiendo detrás de los sauces. Las
sombras húmedas se iban acomodando, de tal modo de dejar espacio para que la
noche se instale.
Una y otra vez, nuestros muñequitos cortaban el
aire. Los clásicos chasquidos de las Tarariras cazando no se hicieron esperar.
Borbollones, corridas y movimientos en el agua, hacían que dirigiésemos nuestros
lances en esas direcciones. Algunas Taruchas, irritadas por la presencia de los
señuelos, cada tanto se lanzaban en algunos ataques con intención de alejar los
muñecos intrusos más que de tomar un bocado aparentemente fácil.
De ese modo, se fueron sucediendo los lances, los
ataques fallidos, las estrellas que ya tapizaban el cielo y el increíble
espectáculo de montones de lucecitas verdes que se prendían y apagaban sobre los
camalotales. El viento había calmado y los bichitos de luz hacían que la laguna
pareciera un enorme árbol de navidad.
Ya con la noche desbordando oscuridad, emprendimos
el regreso al “gaucho”.
En uno de los botes, cargamos la mesa, las sillas,
el carbón, las bebidas, la vajilla y el asado necesario para alimentar a un
ejército de beduinos después de una campaña de seis meses en el desierto.
En el otro bote, los pescadores, una caja de pesca,
una caña por pescador – por que no era cuestión de dejar pasar un minuto sin
mojar las carnadas....- y de pic-nic a la isla.
Para esta ocasión
elegimos la punta desde la cual se podían ver las luces de la Isla Martín
García. Una punta de isla coronada con sauces, chilcas, y álamos que movían sus
ramas al compás del viento y proyectaban sobre nosotros espectros de magia
nocturna.
Mientras el carbón iba cambiando del negro al rojo y
del carbón propiamente dicho a la brasa, la pesca de pequeños armados era una
constante. Ya con la luna llena de nuevo poniéndole blanco y grises a los
contornos, comenzamos con el rito del asado entre pescadores y así, sin prisa
pero sin pausa, fuimos dando cuenta de buena parte de lo que había en la
parrilla.
El río seguía su incansable fluir hacia el mar;
Buenos Aires, a lo lejos, seguía su incansable y abrumador ritmo ciudadano y
nosotros en la increíble pero cercana paz del Delta, como escapándole al tiempo
y al acoso de un país que, lamentablemente, cada vez deja menos espacio para
vivir momentos que nos alimenten las ganas de seguir adelante.
En la quietud del arroyo, el “Gaucho” nos esperaba
manso como invitándonos a un reparador descanso que , entre canto de grillos y
ranas y con el agua transcurriendo debajo del casco, aceptamos gustosos.
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Por más que apretamos nuestros puños intentando
detener el paso del tiempo, el domingo se nos escapó entre los dedos sin
demasiadas contemplaciones.
Bien temprano recibimos el día con alguna Tararira
en la Modalidad Spinning, Luego vino el almuerzo y la hora de emprender el
regreso.
La navegación serena del “gaucho” y el suave
balanceo, muy pronto consiguieron el inevitable arrullo que llevo a casi toda la
tripulación a las cuchetas. Después de una reconfortante siesta isleña, la
merienda y la tradicional tardecita de fútbol en la radio acompañaban un nuevo
atardecer que se hizo noche cuando volvimos a cruzar el Paraná de las Palmas.
Ya de regreso en nuestro puerto de destino, de algún
modo nos ingeniamos para una despedida a la que nadie tenía ganas de llegar.
En lo personal, no le doy mucha importancia al tema
de las fases lunares ya que muchas veces he hecho buenas pescas, incluso con lo
que algunos llaman luna desfavorable; pero para los que sí creen que esto de
algún modo influye en la pesca, solo me resta decirles que en esta salida los
piques no fueron abundantes, que en lugares donde es habitual tener un pique
detrás de otro, esta vez los peces estaban pero no picaban y que durante todo el
fin de semana, nos acompañó una luna llena inmensa y digna de contemplación.
Para el resto de los pescadores, solo me resta
decirles: la pesca es así; no obstante recuerden que, prefiero un mal día de
pesca a un excelente día en la oficina.
Que tengan buena pesca, mucha suerte y hasta pronto.
Servicios.
Nos embarcamos con Mauricio Oñate excelente guía de la zona, pueden ponerse en contacto con el vía mail mauricioonate@fibertel.com.ar o por teléfono al 4543-0476 , salimos de Benavides donde se encuentra “Gaucho” el crucero con el cual realizamos la salida. Algunos datos del crucero:
| Embarcación: | Gaucho. |
| Eslora: | 30 pies ( 9 Mts ). |
| Calado: | 1 Mts. |
| Propulsión: | Volvo Penta Marino. |
| Combustible: | Gas Oil. |
| Tanques Combustible: | 2 x 100 Lts c/u. |
| Motor Auxiliar: | Johnson 15 hp. |
| Tanque Agua Potable: | 1 x 100 Lts. |
| Instrumental: | VHF ( comunicación Marina ). |
| Ecosonda. | |
| GPS ( Sitema Posicionamiento Satelital). | |
| Compás. |