| RELEVAMIENTO DE PESCANET |
| Fecha | Pesquero | Zona |
| 10-12-2001 | Delta | Buenos Aires |
No culpes a la luna ...
El sábado pasado salimos en busca del dorado en el Río de la Plata. La idea fue relevar la zona de las escolleras de piedra que se extienden desde la desembocadura del canal Emilio Mitre al gran estuario.
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En las últimas salidas que habíamos realizado, también habíamos tenido piques de
tarariras grandes y bogas de buen porte, por lo que decidimos ir munidos de los
equipos para estas dos especies.
El equipo para dorado y tararira puede ser el mismo: caña “botera” como
comúnmente se la denomina, de entre 2 y 2,30 metros y de acción de punta;
líderes de acero de 30 libras y 30 centímetros de largo, reel rotativo mediano,
y nylon de buena calidad (a mí me gusta el Súper Raiglon) en diámetro del 0,33 o
0,37.
Para la boga se impone una caña de las mismas dimensiones pero mucho más blanda
(acción parabólica) y reel frontal pequeño cargado con tanza del 0,30.
Como carnadas llevamos todo lo que pudimos:
anguilas, morenas, salamín picado fino, chorizo colorado y corazón. Además
llevamos algunas lombrices para los bagres amarillos que son una excelente
carnada para los dorados y las tarariras.
El día amaneció sinceramente es-pec-ta-cu-lar. Despejado, unos 20 grados de
temperatura y una suave brisa del nordeste, que nos hizo derivar a una buena
velocidad para intentar a “pindá”.
Luego de transitar el Mitre hacia el puerto de Buenos Aires y tras trasponer las
escolleras de piedra que casi no se veían por la marea, caímos a babor
(izquierda) para seguir con rumbo noreste por unos cinco minutos. Ahí la
profundidad era de unos dos o tres pies (entre 60 y 90 centímetros) y comenzamos
probando al garete. Pichula, Gonzalo y Miguel comenzaron a fondo con plomadas
corredizas de 20 y 30 gramos, mientras yo opté por un aparejo clásico de una
boya.
Hicimos una pasada larga por todo el sector y no tuvimos ni un solo
pique. Al ver tan magro resultado y observando que las pocas embarcaciones que
había en la zona tampoco habían levantado nada nos corrimos unos dos o tres mil
metros con rumbo norte, acercándonos a una gran bahía que forman los juncos en
el borde exterior de las islas.
Ahí nos largamos en
otro largo garete que nos depositó cerca de la costa, en un lugar donde se
adivinaba una pequeña entrada de agua. Otra vez lanzamos al agua y a esperar el
pique, que finalmente no se dio.
Cuando nos acercamos a la costa de juncos, divisamos mejor la entrada y
descubrimos un pequeño arroyito con una boca muy tentadora y hacia allí nos
dirigimos. Anclamos a unos 20 metros de la entrada y orientamos los lances de
dorado hacia adentro, dejando las cañas de boga para intentar la pesca de las
mismas tirando hacia el desplayado, para afuera.
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Las primeras en aparecer fueron estas últimas, no sin antes hacerme perder la
paciencia con sus habituales “toques”. Picaron en anzuelos encarnados con
chorizo colorado, exclusivamente, y no hicieron caso a ninguna otra carnada, ni
aún combinándolas entre sí. Al chorizo, conviene cortarlo en daditos bien
pequeños, enhebrándolos como cuentas en un collar, y teniendo cuidado de dejar
la punta del anzuelo bien libre. Eso ayuda mucho en la clavada.
Los portes obtenidos estuvieron cercanos al kilo, o kilo y medio, y por un rato
nos divertimos mucho al ver como pelean contra un equipo acorde a la pieza (yo
usé una caña de spinning liviano, con microreel frontal y tanza del 0,30).
Mientras pescábamos bogas vimos saltar entre los juncales -a unos 50
metros de nuestra posición-, a un par de dorados que estaban cazando, pero
decidimos no movernos para no espantarlos. Un rato más tarde, perdimos un pique
en una de las cañas de fondo que estaba encarnada con anguila y ya pasado el
mediodía tuvimos nuestra primera captura del tigre de los ríos.
Picó a fondo, en una línea con morena y bien pegado a los juncos. Pegó unos
lindos saltos y al acercarlo a la lancha observamos que era uno pequeño, de unos
dos kilos de peso. Luego de las fotos de rigor, fue devuelto al agua sin mayores
daños.
Observamos algunos saltos más y luego de media hora de actividad nula,
decidimos adentrarnos por el canal. Era muy angosto y realmente no ofrecía
buenas perspectivas por lo que decidimos volver a la zona de las escolleras,
para meternos por algunos arroyos que hay en la zona, para intentar con las
taruchas.
El viaje fue corto y en unos minutos estábamos otra vez en una junta de aguas de
dos arroyos, uno de los cuales corre paralelo a la escollera de piedras que da
al norte.
Había un gran remolino en la zona, donde pensamos podíamos obtener algún dorado,
pero luego de probar durante casi toda la tarde sólo tuvimos una corrida lenta
(pensamos que de tararira chica) que no supimos clavar.
Decidimos internarnos aún más por uno de los arroyos, hasta que anclamos debajo
de unos árboles para cubrirnos un poco del sol que nos había castigado duro
durante todo el día. Ahí realizamos unos lances en dirección a un zanjón, pero
lo único que cobramos fueron unos hermosos bagres amarillos que nos
entretuvieron entre mate y mate.
Ya de vuelta nos cruzamos con otra embarcación que estaba pescando en la zona y
cuyo resultado deportivo también había sido magro para ellos: apenas un par de
taruchas medianas.
Desde hace una semana que el viento viene soplando mayormente del cuadrante
sudeste, lo que agita el agua con el consiguiente cambio en la cristalinidad y
en el comportamiento de los peces.
Me inclino a pensar en esas como las causas del escaso resultado de esta salida
y no dejarme llevar por la creencia popular, o científica, sobre astros y
satélites.
Esa noche, les juro, mirando la luna aullaron los lobos.......